SEBASTEN
—No me baja la leche, Sebasten —soltó en un hilo de voz, con el pecho agitándose por el llanto—. No puedo alimentarlo. Mira cómo lloraba antes de que le preparara esto... Se desespera, busca y no encuentra nada. Siente mi estrés, no lo sé, pero no puedo darle lo que necesita.
Me hinqué frente a ella, quedando a la altura de sus ojos, y le puse una mano firme sobre la rodilla para sostenerla.
—Mírame —le ordené con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplicas—. Mírame a los oj