SEBASTEN
—Sebasten. Vladimir —saludó con voz grave y pausada, sin ofrecer apretones de manos—. Si están aquí a primera hora, no es para tomar el té.
—Sabes perfectamente a qué venimos, Astrid —dije, dando dos pasos al frente mientras mi padre se colocaba a mi lado.
La mujer caminó hacia su escritorio y se apoyó en el borde, cruzando los brazos.
—Hablemos primero de lo que me compete como fiscal del Consejo. Durante nueve meses me entregaste el reporte médico detallado de tu mujer. Sé que la ges