AURORA.
Me siento a la mesa al lado de Sebasten con la alianza de platino pesándole a mi dedo anular. El salón huele a flores frescas y a la cena que Gabriella terminó de montar con impecable precisión. Por primera vez en meses, no hay gritos, no hay amenazas rondando la habitación y el dolor en mi vientre desapareció por completo. Estoy feliz. Una felicidad tranquila, firme y real.
Sebasten me sostiene la mano por debajo de la mesa mientras el servicio sirve las copas. A nuestra mesa solo esta