SEBASTEN.
Termino de ajustarme los gemelos de plata en los puños de la camisa blanca. El espejo del vestidor me devuelve la imagen de un hombre listo para reclamar lo que es suyo, pero mi mente está a kilómetros de la elegancia de este traje. Está afueras, en los límites de la propiedad.
Keith entra a la habitación sin tocar, cerrado en su postura de combate. Trae el traje oscuro impecable, pero el olor a adrenalina y la alerta en su mirada delatan que viene directo de la línea de defensa. Es m