SEBASTEN.
Salgo de la mansión con mi padre al lado. El sol de la mañana empieza a calentar los adoquines del patio, pero el aire de los límites del bosque sigue siendo fresco. Vladimir camina a mi paso, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta pesada y la vista fija en la línea de los árboles. Es nuestra vieja costumbre: en Hungría, cualquier asunto de sangre, poder o guerra se discutía caminando por el territorio, lejos de oídos indiscretos.
Caminamos en un silencio sordo durante