Julienne Percy
Las escaleras de mármol parecían interminables. Cada peldaño que subía dolía como una sentencia. Aún no me acostumbraba al tamaño descomunal de la mansión del Alfa Supremo. Todo en ella gritaba poder, autoridad… y lujo. Las paredes estaban cubiertas de retratos con rostros serios y ojos helados, como si los antiguos alfas juzgaran cada uno de mis pasos.
—Tercera planta, pasillos principales —dijo la señora Isleen sin mirarme—. Deja el balde y las toallas en orden, que no se te oc