Davian Taleyah
Después de terminar la reunión con el consejo y que no aceptaran que marcara a Julienne, mi pequeño cachorro, Khaos, dormía plácidamente ajeno a los problemas que enfrento. Sus manos diminutas estaban cerradas en puños, y sus pestañas temblaban con los leves sueños que solo los recién nacidos conocen. Lo observaba desde mi sillón, con una copa intacta de licor en la mano y un silencio que pesaba más que cualquier guerra que hubiese guiado.
Mi lobo, Kaemon, se revolvía inquieto de