Las puertas de la corte se abrieron y el aire frío nos golpeó la cara. El ruido de los periodistas era ensordecedor. Los flashes de las cámaras parecían disparos en medio de la lluvia.
—¡Thomas! ¿Cómo se siente traicionar a su padre? —gritó un hombre con un micrófono.
—¡Thomas! ¿Es el fin de los Hoffman? —gritó una mujer desde la primera fila.
No respondí. Bajé los escalones de piedra con la cabeza alta. Sentía la mano de Maya apretando la mía con fuerza. Su piel estaba helada, pero su aga