Llegamos en tres coches negros. La lluvia había empeorado y la calle era un mar de paraguas y cámaras de televisión. Los flashes estallaban como relámpagos contra los cristales mojados.
Maya me apretó la mano antes de que las puertas del coche se abrieran. No llevaba ropa de diseñador, sino un traje sencillo y oscuro. Su presencia a mi lado era lo único que evitaba que mis manos temblaran. Salimos al frío y el ruido de la multitud nos golpeó como una ola.
Los guardias nos abrieron paso a empujo