Maya entró en la habitación restregándose los ojos, envuelta en una manta. Se detuvo al ver las seis pantallas activas, cada una mostrando mapas de calor de ataques cibernéticos en tiempo real.
—No te has acostado —dijo, no como una pregunta, sino como una observación triste.
—He encontrado algo, Maya. Isabel solo era el prólogo. Alguien ha usado mi proyecto de transparencia para inyectar un virus durmiente en la red eléctrica de la Fundación. Si no lo detengo, pueden apagar no solo nuestras of