—No tienes que esconderte, Isabel —dije, mi voz rebotando contra las paredes de metal—. Vi tu rastro. Sé que eres tú.
Un crujido metálico a mi izquierda me hizo girar. De detrás de una estantería de cintas magnéticas de los años noventa surgió una figura. Isabel Miller no se parecía en nada a la niña asustadiza que recordaba de las fiestas de Navidad de la empresa. Tenía el cabello corto, casi rapado a los lados, y una mirada que destilaba un cansancio crónico. Vestía un mono de trabajo gris qu