Ella estaba sentada en la alfombra de mi despacho, rodeada de bocetos para su próxima exposición. Llevaba una de mis camisas de franela, que le quedaba enorme, y se mordía el labio con concentración mientras sombreaba el rostro de un hombre que se parecía demasiado a mí, pero con una paz que yo rara vez sentía.
—¿Te duele mucho? —preguntó ella sin levantar la vista, refiriéndose a mis nudillos, que seguían morados por el encuentro con Leo Thorne.
—Solo cuando intento escribir código demasiado r