Mientras tanto, en la ciudad, sobre un sofá negro de cuero, Dianni estaba tendida, bebiendo una copa de whisky. Miraba de arriba abajo a Alejandro, que estaba sentado frente a ella, extasiado por su relato. Dianni le contaba acerca de los secretos en la gruta y los tesoros. Eso hacía que los ojos de Alejandro se iluminaran y comenzara a maquinar los peores escenarios para la manada de Alfonso.
—Allí hay oro suficiente para comprar un país entero —dijo Dianni con voz seductora—. Alfonso me llevó