Cuando el médico confirmó que Lila estaba bien, Alfonso respiró aliviado, pero la preocupación no desapareció de su rostro. Se acercó a la cama y tomó la mano de su mujer con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó con voz grave—. ¿De qué habla Dairus?
Lila, aún débil pero con la mirada clara, no trató de ocultar nada. Respiró hondo y comenzó a hablar.
—Alejandro me amenazó. Tenía a mi madre. Me citó en el café donde solíamos vernos