Alfonso dejó de forcejear con las cadenas. Su respiración era pesada, el sudor le corría por el torso desnudo y sus músculos temblaban por el esfuerzo. Levantó la mirada y fijó sus ojos rojos directamente en Alejandro, quien seguía sosteniendo a Sara como un escudo humano, con el cañón del arma presionado contra su espalda.
—No intentes liberarte, imbécil —dijo Alejandro con una sonrisa torcida—. Con una sola mano libre no lograrás nada. Mi querida esposa sabe la fórmula perfecta para acabar co