El domingo transcurrió en una bruma de felicidad para Isabel. La euforia del fin de semana no se desvaneció; se asentó en una calma cálida, en una sonrisa que aparecía en su rostro sin previo aviso mientras leía un libro en su sala. Cada vez que su mente volvía al beso en el parque, a la cena en casa de Jared, a la confesión de sus pasados, sentía una certeza que la anclaba.
Por la tarde, tal como él había prometido, su teléfono sonó. Era Jared.
La conversación fue fácil, natural. Hablaron de s