El cielo sobre la Capital de Obsidiana esta noche ya no era de un azul intenso, sino de un negro profundo que parecía tinta derramada sobre una extensión de seda.
Las estrellas parecían reacios a mostrarse, como si supieran que algo antiguo y sediento de sangre se arrastraba bajo el amparo de la oscuridad.
Dentro del Palacio de Obsidiana, la atmósfera se sentía tensa.
Las tropas de los Cazadores leales al Anciano Valerius vigilaban cada rincón de los pasillos, pero no se daban cuenta de que sus