El tiempo pareció congelarse en la cima del acantilado del Bosque del Norte.
Ese instante se sintió como una eternidad tortuosa.
Silas el hermano que una vez había expulsado a Aria, que la había traicionado y que ahora la salvaba se mantenía erguido con la flecha de hueso Creciente clavada justo en su corazón.
Su cuerpo no derramaba sangre roja, sino una luz negra que crepitaba como un rayo atrapado en una botella de cristal.
Silas... no... ¡no ahora!» gritó Aria.
Su voz, que resonaba con el po