El sonido de los pasos de Bruno Vane resonó en el pasillo de hormigón, el guardia abrió la celda de León. León estaba sentado en el catre, con la barba de tres días y los ojos hundidos, pero su mirada seguía siendo la de un león enjaulado, no la de un hombre derrotado.
—¿Nuria? —fue lo primero que preguntó. No le importaba su fianza, ni su dinero, solo Nuria.
—Nuria es la mujer más valiente que he conocido o la más loca —dijo Bruno, sentándose en el único taburete—. Ha salido en todas las caden