La antigua mansión Alcázar se alzaba en la oscuridad como un cadáver de piedra. Nuria aparcó el coche dos calles más abajo y caminó hacia la entrada de servicio que tantas veces había usado para escaparse de adolescente, el código del portón trasero no había cambiado, su padre era un hombre de hábitos incluso en su decadencia.
El jardín estaba descuidado, las malas hierbas le llegaban a los tobillos mientras avanzaba hacia el invernadero de cristal, el corazón le latía con fuerza no solo por el