Gael Armand se sirvió el tercer vaso de whisky, pero sus manos temblaban tanto que derramó la mitad sobre la mesa de cristal de su ático de soltero.
Había perdido.
En una sola mañana, su esposa esa mujer a la que había despreciado, manipulado y engañado le había quitado su orgullo, su puesto en la empresa y, lo peor de todo, su futuro financiero. El abogado con cara de comadreja que estaba sentado frente a él cerró su maletín con un chasquido que sonó a sentencia de muerte.
La situación es críti