La casa estaba abierta.
Y aun así, Elena sintió que estaba entrando donde ya no la querían viva.
Eran las diez y doce de la mañana.
Rodrigo había logrado una ventana de noventa minutos.
Retiro de objetos personales.
Pertenencias de la menor.
Documentos.
Material de trabajo esencial.
Nada más.
Nada de discusiones.
Nada de escenas.
Nada de Daniel en el inmueble “por recomendación de prudencia mutua”, según el correo elegante de su abogado.
Como si la prudencia hubiera empezado por él.
Paula lleva