Elena no quiso volver.
No a esa casa.
No tan pronto.
No con el olor de las bolsas negras todavía pegado a la memoria.
No con la imagen del estudio vacío y la nota de Daniel clavada en la cabeza:
No usarás mi techo para venderme como monstruo.
Pero a las nueve y media de la mañana, Rodrigo dejó una hoja nueva sobre la mesa del comedor de Lucía.
Y la decisión dejó de ser emocional.
Volvió a ser táctica.
—¿Qué es? —preguntó Elena.
Rodrigo giró el papel hacia ella.
—Respuesta del abogado de Daniel.