A las siete menos diez, Elena estaba frente a la casa de Carmen con las manos heladas sobre su bolso.
Dentro, guardaba la hoja que Rodrigo le había dado.
Cinco puntos.
Cinco instrucciones.
Y una frase que no dejaba de repetirse en su cabeza.
Escucha más de lo que hables.
Daniel estacionó el coche junto a la acera con la precisión de siempre.
Como si aquella noche fuera una visita normal.
Como si no estuvieran yendo a cenar con una mujer que había firmado el acta del hijo secreto de su marido.
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