La primera palabra de Sofía esa mañana no fue “mamá”.
Fue:
—¿Mateo ya despertó?
Elena, de pie en la puerta del cuarto de huéspedes con dos vasos de agua en la mano, se quedó inmóvil un segundo.
No por tristeza.
Por la velocidad.
Por lo rápido que los niños habían hecho algo que los adultos tardaron años en permitir siquiera como idea.
—Todavía no —respondió.
Sofía asintió.
Se peinó con los dedos el flequillo y volvió a mirar la cama plegable del otro lado del cuarto.
Mateo seguía dormido, boca