La mañana empezó rara.
No mala.
No todavía.
Solo rara.
Como esas mañanas en las que la casa parece haber dormido mejor que las personas y, por eso mismo, uno desconfía del silencio.
Sofía y Mateo desayunaban juntos en la mesa del comedor.
Dos vasos de leche.
Dos platos con pan tostado.
Dos niños dejando las orillas a un lado como si hubieran ensayado toda la vida esa pequeña complicidad.
El gato dormía sobre una silla.
La fortaleza de cojines seguía en una esquina del salón, torcida y gloriosa.