La casa dejó de sentirse casa en menos de un minuto.
No por un golpe.
No por una puerta rota.
Por una frase.
“Mandó poner dos sillas.”
Dos.
No una.
Dos.
Rodrigo seguía al teléfono en la cocina.
Primero con la jueza.
Después con policía de proximidad.
Luego con el agente del Ministerio Público que llevaba la denuncia.
Su voz era baja.
Precisa.
Sin una sola palabra de más.
Eso, de algún modo, asustaba más.
Porque cuando Rodrigo se quedaba tan exacto, significaba que ya no estaban manejando miedo.