La conversación en el estudio había dejado un eco en mí que no lograba sacudirme. Rocco se había abierto como nunca antes, hablando de Benedicta, de su culpa, del miedo que lo había moldeado durante años. Y yo, sentada frente a él, había escuchado cada palabra con la certeza de que estábamos cruzando una línea que ninguno de los dos había esperado cruzar.
Pero cuando terminó, Rocco se levantó y caminó hacia la puerta sin decir una palabra más. No me miró. No se despidió. Solo desapareció en el