La noche se había cerrado sobre la casona cuando Rocco me tomó la mano en el jardín. El viento movía las hojas de los árboles, y el aroma a jazmín llenaba el aire, mezclado con el olor húmedo de la tierra recién regada. Aún sentía el eco de la carta de mi padre en mi pecho, pero ahora no era el momento de volver a llorar, era el momento de cerrar definitivamente lo que quedaba abierto.
—Hay algo que no hemos resuelto —dije, mirándolo, con la voz más firme de lo que sentía por dentro— Ese docume