La mañana después de la renovación de nuestros votos amaneció con una luz suave, Rocco dormía a mi lado con Arturo Alejandro acurrucado en su pecho. Me quedé observándolos en silencio, mi esposo, mi hijo, mi hogar. Todo el calvario, las amenazas de muerte y las noches de terror que habían marcado los últimos meses se desvanecieron ante esa estampa de paz.
Sin embargo, un nudo sutil en mi garganta me recordaba que aún quedaba una última herida abierta, necesitaba visitar la tumba de mi padre.
—B