La mañana amaneció con una claridad que no recordaba haber visto en mucho tiempo. El sol se filtraba a través de las cortinas, y el aroma a café recién hecho me envolvió antes de abrir los ojos. Rocco ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama, me miraba con una mezcla de ternura y una vulnerabilidad tan pura que me hizo contener el aliento.
—Buenos días —dijo, con una sonrisa suave casi infantil, como si por primera vez en su vida no tuviera que demostrar nada.
—Buenos días —respondí,