La noche en los viñedos era más silenciosa de lo que solía ser. El viento apenas movía las hojas de las vides, y la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas de mi habitación, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de madera. Rocco se había retirado a su estudio hacía una hora, encerrado en una serie de llamadas que no había querido compartir conmigo. No me molestó. Había aprendido a respetar su espacio, a entender que su silencio no era una exclusión, sino una forma de procesar