Pasó el tiempo y llegó el día de mi cumpleaños número veinticinco con un amanecer con una claridad que no recordaba haber visto nunca. Me quedé un momento en la cama, sintiendo el peso, de toda una vida que había estado esperando este momento sin saberlo.
Rocco ya estaba despierto, no estaba en la cama. Lo encontré de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano y la mirada fija en el jardín. Al escuchar mis pasos, se giró y me sonrió.
—Buenos días —dijo, acercándose a mí— ¿Sabes qué