El regreso a la casona fue más silencioso de lo que esperaba. La conversación en el banco, la confirmación de que Benedicta era la segunda firmante, las revelaciones sobre la culpa de Rocco y el sacrificio de mi padre… todo pesaba sobre mis hombros como una gran roca que no lograba sacudirme.
Rocco no había vuelto a hablar desde que salimos de la ciudad. Conducía con la mirada fija en la carretera, pero su mandíbula seguía tensa, y la forma en que sus dedos se aferraban al volante delataba que