El coche blindado se detuvo frente a la antigua casona de piedra con un suave chirrido de los frenos. El motor se apagó, y el silencio de la noche se volvió absoluto. Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Yo seguía con la mirada fija en el edificio que se alzaba ante nosotros, envuelto en la penumbra de la madrugada.
Los viñedos se extendían a ambos lados como un mar de sombras, y el aroma a tierra húmeda y hojas de vid llenaba el aire frío. Era un lugar hermoso, pero también había