La mañana en la mansión amaneció con una luz suave que se filtraba a través de las cortinas, Arturo Alejandro ya estaba despierto, jugando en el suelo de la sala con un pequeño camión de madera que Rocco le había regalado. Tenía dos años, y su curiosidad parecía no tener límites, se acercaba a cada objeto, lo tocaba, lo examinaba, y cuando algo le sorprendía, emitía un sonido que se parecía a una palabra.
—¡Mamá! —llamó, levantando el camión hacia mí con una sonrisa que le iluminaba el rostro.