El silencio del despacho era tan denso que podía escuchar el latido de mi propio corazón golpeando contra mis costillas. Rocco había guardado el mapa y el pañuelo en su saco sin hacer más comentarios sobre este último. Su mirada seguía clavada en mí, pero esta vez no era acusadora. Era la mirada de un hombre que había decidido poner la investigación por encima de sus sospechas. Sin embargo, el peso del pañuelo de Julián Beltrán seguía presente en el ambiente, como un fantasma que se negaba a de