Mundo de ficçãoIniciar sessão—Prefiero dormir en la calle antes de firmar esa basura de contrato —le respondí con los dientes apretados.
—Si no firmas, te quedas en la calle, pero sin un solo centavo de tu padre y perdiendo su imperio para siempre. ¿Vas a rendirte como una cobarde en el primer segundo? —Rocco sacó una elegante pluma negra de su bolsillo y me la extendió, con los ojos brillando con una luz peligrosa.
—Firma, Verónica, demuéstrame que tienes las agallas para sobrevivir a mis reglas durante dos años. Lo miré con un odio ardiente. Mi mente trabajaba a mil por hora. Dos años eran una eternidad, pero no iba a regalarle el esfuerzo de la vida de mi padre a ese tirano corporativo. Le haría la vida imposible en su propia casa.
Desafiaría cada una de sus órdenes, rompería su paciencia de roca y lo arrastraría al mismísimo infierno hasta que él mismo suplicara romper la tutela ante el juez. Con un movimiento brusco, le arrebaté la pluma de los dedos. El contacto de nuestras pieles provocó una intensa descarga eléctrica que me obligó a contener el aliento. Presioné la punta contra el papel y estampé mi firma con furia salvaje.
—Voy a destruir tu paz, Altamirano. Vas a arrepentirte de haberme encerrado contigo —lo amenacé, arrojando la pluma sobre la mesa de caoba. Rocco me observó detalladamente, barriendo mi figura con una lentitud que me hizo encender las mejillas, antes de recoger el documento firmado.
—Espero que lo intentes, Verónica —respondió él, con una sonrisa oscura que prometía no tener piedad—. Pero recuerda algo importante, en mi casa, tú me perteneces. Tres horas más tarde, me encontraba en mi habitación de la antigua residencia familiar, arrojando mi ropa dentro de una maleta grande con movimientos bruscos y desesperados.
De repente, una punzada violenta de náuseas me obligó a detenerme en seco. Corrí hacia el baño del pasillo, sosteniéndome del lavabo mientras el estómago se me revolvía por completo en un espasmo doloroso. Me enjuague la boca con agua fría, temblando, convenciéndome a mí misma de que era solo el estrés acumulado del funeral y la furia contenida contra Rocco.
Al regresar al cuarto, tiré con fuerza de un cajón oculto de mi tocador para sacar mi pasaporte y unos papeles de identidad indispensables. Al fondo del compartimento, atascado entre unos viejos diarios de mi adolescencia, encontré un sobre blanco cerrado con el sello de los laboratorios médicos más discretos de la ciudad.
Tenía mi nombre escrito a mano y correspondía a una muestra de sangre que me había tomado discretamente hacía cuatro días debido a mis constantes e inexplicables mareos matutinos. Con los dedos temblando por una extraña sospecha que se instaló en mi mente, rasgue el papel y desdoble los resultados oficiales. Mis ojos escanearon rápidamente las filas de datos médicos hasta que se detuvieron en la prueba inmunológica cuantitativa. Una sola palabra impresa en negrita hizo que el mundo a mi alrededor se borrara por completo. Resultado: POSITIVO. Tiempo estimado: 6 semanas.
Solté el papel como si quemara, viéndolo caer lentamente sobre la alfombra. Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito de terror absoluto mientras mi mente regresaba de golpe a la noche de la mascarada benéfica en los viñedos, seis semanas atrás. La noche en que, oculta tras un antifaz de encaje y embriagada por el dolor tras discutir fuertemente con mi padre, me había entregado en la suite principal a un hombre misterioso y dominante. Un hombre cuyos susurros posesivos, cuyos toques abrasadores en la oscuridad y cuya inconfundible fragancia a sándalo y tabaco de lujo acababa de revivir hace unas horas en la sala de juntas. El hijo que crecía en mi vientre era de Rocco Altamirano.
Mi tutor legal, el hombre que controlaba mi vida y el enemigo jurado con el que estaba obligada a convivir bajo el mismo techo a partir de esa misma noche.
El imponente portón de hierro forjado de la mansión Altamirano se abrió con un crujido pesado y fantasmal, permitiendo el ingreso del auto que me transportaba. Al bajar del vehículo, contemplé la propiedad que se alzaría como mi prisión durante los próximos dos años. Era una estructura colosal de arquitectura clásica, rodeada de jardines perfectamente podados, pero envuelta en un aura fría y silenciosa. Justo como su dueño. Apreté con fuerza la correa de mi bolso de mano contra mi costado.
En el fondo, escondido entre mis pertenencias más privadas, descansaba el papel que contenía mi mayor sentencia, la prueba de sangre que confirmaba mi embarazo de seis semanas. Mi mente seguía en un estado de shock absoluto, pero el instinto de supervivencia me gritaba que debía ocultar la verdad a toda costa. Si Rocco Altamirano descubría que llevaba a su hijo en el vientre, perdería cualquier oportunidad de pelear por mi libertad, él me dominaría por completo.
El mayordomo, un hombre mayor de aspecto impecable, me guió en silencio a través del impresionante vestíbulo de mármol blanco hasta las puertas del estudio privado.
—El señor Altamirano la espera adentro, señorita Fénix —anunció el empleado antes de retirarse. Tomé una bocanada de aire, forcé mi mejor expresión de indiferencia rebelde y empujé la puerta. El estudio estaba iluminado únicamente por la luz de una chimenea y una lámpara de escritorio.
Rocco estaba de pie junto al ventanal, con un vaso de whisky en la mano. Se había quitado la chaqueta del traje sastre, llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes y velludos que hacían que recordara con aterradora claridad aquella noche en los viñedos. Al escuchar mis pasos, Rocco se giró lentamente.
Sus ojos oscuros escanearon mi figura de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en mi vientre, lo que hizo que se me cortara la respiración por el pánico.
—Faltan diez minutos para la medianoche. Pensé que optarías por la rebeldía y llegarías tarde —dijo Rocco con su voz varonil y rasposa, dejando el vaso sobre la mesa de caoba.
—No te daría el gusto de quedarte con mis acciones por un retraso, Altamirano —replique, cruzándome de brazos y sosteniéndole la mirada—. Ya estoy aquí. ¿Dónde está mi habitación? Quiero dormir y olvidarme de que comparto techo contigo.
Rocco soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia real. Se acercó al escritorio y tomó un documento de varias páginas que descansaba sobre la superficie.
—No tan rápido, Verónica. Antes de que pises el piso de arriba, debes firmar el reglamento anexo al contrato de convivencia. En mi casa no se vive bajo la ausencia de normas. Aquí mandan mis reglas. Él me extendió las hojas, las tomé de mala gana y comencé a leer las líneas impresas en letras negras y sus reglas estrictas. A medida que mis ojos avanzaban, la indignación hacía que mis mejillas se encendieran en un rojo vivo.
—¡¿Esto es un chiste?! —exclamé, arrojando los papeles sobre el escritorio—. ¡Toque de queda a las diez de la noche! ¡Prohibido recibir visitas sin tu autorización previa! ¡Control absoluto e inspección de mis estados de cuenta bancarios! ¡¿Qué te pasa, Rocco?! ¡Soy una mujer de veintitrés años, no una interna en un convento!
Rocco dio dos pasos largos, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros. Su imponente estatura y el penetrante aroma a sándalo y tabaco de lujo volvieron a abrumar mis sentidos, desatando una oleada oculta de calor en mi interior y que yo odiaba experimentar.
—Eres mi protegida por los próximos dos años —sentenció él, inclinándose ligeramente hacia mi con un tono cargado de fría autoridad—. Tu vida social descontrolada y tus amigos de las carreras clandestinas quedan suspendidos. Tu padre me encargó enderezar tu camino y mantenerte a salvo de los enemigos de la firma. Si vas a gastar un solo dólar de tu asignación mensual, yo debo autorizarlo. Si vas a salir después de la universidad, me reportarás con quién estás. No voy a permitir que destruyas el apellido Fénix bajo mi tutela.
—¡Me estás asfixiando! ¡Lo único que quieres es doblegarme para que me rinda y te ceda las acciones del consorcio! —le grité, con el pecho agitado por la rabia.
—Si quisiera tus acciones, Verónica, ya habría encontrado un vacío legal para arrebatártelas —respondió él, con los ojos brillando con una intensidad oscura y posesiva que me hizo estremecer—. Firmaste el testamento. Cumples las reglas o te vas a la calle sin nada, tú decides.
Apreté los dientes. Sentía unas ganas feroces de llorar por la frustración, pero me obligue a tragarme el nudo en la garganta. Necesitaba mantener el control, especialmente ahora que una nueva vida crecía dentro de mi. Miré la pluma sobre el escritorio, la tomé y firmé el reglamento ese, al pie de la página con un trazo violento.
—Disfruta tu pequeña dictadura, Altamirano. Porque te juro que te voy a hacer la vida un infierno —le dije con voz firme, lanzándole una mirada cargada de desprecio.—Espero que tengas la energía para cumplir esa promesa, Verónica —replicó él, recogiendo las hojas con una sonrisa arrogante—. Tu habitación es la del fondo del pasillo este, justo frente a la mía, así podré vigilar cada uno de tus pasos, puedes retírate.







