CAPÍTULO 1: LA JAULA DE ORO

El taconeo vacilante pero desafiante de mis tacones, resonaba contra el mármol negro del piso presidencial como una declaración de guerra absoluta. Yo vestía con una chaqueta de cuero vieja sobre un vestido negro sencillo, con el cabello castaño rebelde cayéndome libre sobre los hombros y la barbilla en alto, ocultaba la terrible tormenta emocional que llevaba por dentro. Mi padre, el magnate hotelero Arturo Fénix, llevaba una semana enterrado.

El dolor de su pérdida me asfixiaba, pero el orgullo y la firme sospecha de que su muerte no había sido un accidente automovilístico casual me mantenían en pie. Venía dispuesta a tomar el control total del legado de mi familia. Sin embargo, al empujar las imponentes puertas de doble hoja de la sala de juntas corporativa, el aire se congeló instantáneamente en mis pulmones.

Sentado en la cabecera de la mesa de caoba, ocupando el imponente sillón ejecutivo que le pertenecía a mi difunto padre, estaba él, Rocco Altamirano. A sus treinta y tres años, Rocco exudaba una presencia física abrumadora, magnética y profundamente peligrosa. Llevaba un traje sastre gris oscuro impecable que remarcaba sus hombros anchos, las piernas cruzadas con una elegancia deslumbrante y esos ojos oscuros, implacables como una noche sin luna, fijos firmemente en la entrada.

Era el socio principal de la firma, el hombre más temido del mundo corporativo por sus métodos despiadados y, para mi desgracia, el mejor amigo de mi padre. El mismo hombre al que yo llevaba años detestando en secreto debido a su fría arrogancia y superioridad.

—Llegas tarde, Verónica —dijo Rocco. Su tono de voz varonil y profunda, densa y rasposa, envió una vibración eléctrica directo a mi columna—. La disciplina es lo primero que se necesita para liderar. Aunque, claro, supongo que el autocontrol es mucho pedirle a una mocosa rebelde de veintitrés años que pasa sus noches en carreras clandestinas.

Apreté los puños, clavando mis uñas en las palmas de mis manos para contener el impulso de abofetearlo frente a los presentes. Me acerque a la mesa a pasos lentos, desafiantes, y me senté justo frente a él, sosteniéndole una mirada cargada de desprecio puro.

—No soy ninguna mocosa, Altamirano. Y esta empresa lleva mi apellido, no el tuyo. Vinimos a la lectura del testamento de mi padre, no a escuchar tus aburridos discursos de superioridad moral. Así que dile al abogado que empiece.

El asesor legal de la familia, un hombre mayor de rostro pálido llamado Ernesto, carraspeó incómodo ante la asfixiante tensión que chispeaba en el aire entre los dos. Ajustó sus anteojos con evidente nerviosismo y desplegó el documento oficial sellado con cera roja.

—Por favor, mantengamos la compostura —pidió el abogado, aclarándose la garganta con torpeza—. Procederé a leer las últimas disposiciones del señor Arturo Fénix respecto a la totalidad de sus bienes y acciones mayoritarias.

Me incliné hacia adelante, sintiendo el pulso acelerado en mis oídos. Estaba lista para firmar lo que fuera necesario, asumir su puesto y echar a Rocco de la propiedad de una vez por todas. Pero las primeras líneas del testamento me cayeron encima como un golpe brutal e inesperado directo en el pecho.—«...Dejo estipulado que mi única hija y heredera universal, Verónica Fénix, recibirá el control absoluto, el acceso a las cuentas bancarias y el título de presidenta del consorcio únicamente al cumplir los veinticinco años de edad. Hasta que ese día llegue, todos sus fondos personales, propiedades y derechos corporativos quedarán completamente congelados».

—¡¿Qué?! —Me puse en pie de un salto, golpeando la mesa con ambas manos—. ¡Eso es imposible! ¡Mi padre jamás me dejaría desamparada de esta manera! ¡Ese documento tiene que estar manipulado! Rocco ni siquiera parpadeó ante mi arrebato. Una sonrisa fría y apenas perceptible curvó la comisura de sus labios, molestandome aún más.

—Acepta la realidad, Verónica. Tu padre sabía perfectamente que tu inmadurez destruiría el imperio en menos de un mes. Jugar a la chica rebelde en clubes nocturnos no te capacita para manejar miles de millones de dólares. Agradece que tuvo la sensatez de protegerte de ti misma.

—¡Cállate, Rocco! ¡Tú no sabes nada de mí ni de lo que soy capaz! —le reespondi, respirando con dificultad, sintiendo que las lágrimas de rabia amenazaban con traicionarme.

—Hay una cláusula de hierro adicional, señorita Verónica —interrumpió el abogado con tono sombrío, obligándola a desviar la atención—. Una condición obligatoria que su padre redactó de su puño y letra para que usted no pierda los derechos sucesorios. Si no la cumple, el patrimonio se perderá. Sentí un vuelco horrible en el estómago. Un presentimiento oscuro se instaló en mi pecho.

—Lea de una vez —ordené con un hilo de voz. El abogado continuó con solemnidad.

—«Considerando los graves peligros que acechan a nuestra familia y la juventud de mi hija, nombro formalmente a mi socio Rocco Altamirano como el tutor legal absoluto e irrevocable de Verónica Fénix durante los próximos dos años. Él administrará cada centavo de su asignación y tendrá la última palabra sobre sus decisiones. Para garantizar su seguridad, Verónica deberá firmar un contrato de convivencia forzada, residiendo de manera obligatoria en la mansión de Rocco Altamirano. Si ella abandona la residencia por más de cuarenta y ocho horas, desobedece las normas de su tutor o intenta impugnar esta decisión, el cien por ciento de la herencia Fénix pasará a ser propiedad definitiva y permanente de Rocco Altamirano».

El silencio que inundó la sala de juntas fue sepulcral. Sentí que las paredes se me venían encima. ¿Dos años? ¿Dos años bajo el yugo del hombre más implacable que conocía? Obligada a vivir bajo su mismo techo, a pedirle permiso para gastar un solo dólar, someterme a sus reglas estrictas y a soportar su mirada juzgadora día y noche. Era una completa prisión, diseñada minuciosamente.

Mi padre me había encadenado directamente al hombre del que yo siempre había intentado huir. Giré la cabeza despacio hacia Rocco. Esperaba encontrar una mirada de burla triunfal, pero lo que ví me dejó paralizada. Los ojos oscuros del magnate se habían vuelto densos, fijos en mi con una intensidad posesiva, casi salvaje, que me erizó los vellos de la nuca. No era la mirada de un hombre de negocios que celebra un contrato corporativo, sino que era la mirada de un cazador que finalmente veía entrar a su presa en la trampa perfecta.

—Esto es una emboscada mortal—susurré, dando un paso atrás—. Tú lo planeaste todo. Manipulaste a mi padre antes de que muriera para quedarte con mi vida y con mis acciones. Rocco se levantó lentamente de su asiento, su imponente estatura de casi un metro noventa me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle el desafío visual.

Él rodeó la mesa con pasos lentos y calculados, deteniéndose a escasos centímetros de mi. El penetrante aroma a madera de sándalo y tabaco de lujo que emanaba de Rocco me envolvió por completo, mareándome de inmediato.

—Yo no manipulé nada, Verónica —murmuró él, inclinándose lo suficiente para que su aliento cálido rozara mi oreja, provocándome un escalofrío involuntario—. Tu padre sabía que tus enemigos estaban esperando a que él muriera para destrozarte en el mercado. Sabía perfectamente lo que hacía. Necesitas un hombre que te controle, que te domine y que te cuide. Y a partir de hoy, yo soy el dueño de tus finanzas, de tu destino... y del techo donde duermes. Empaca tus maletas de inmediato, te quiero en mi mansión antes de la medianoche.

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