Mundo de ficçãoIniciar sessãoNo esperé un segundo más. Tomé mis maletas y salí del estudio a toda prisa, subiendo las escaleras con el corazón latiéndome desbocadamente. Encontré la habitación asignada, era un dormitorio enorme y lujoso, decorado en tonos grises y crema, pero se sentía tan frío como una celda de máxima seguridad. Cerré la puerta con seguro, dejé las maletas a un lado y me dejé caer de rodillas sobre la alfombra, exhausta.
La adrenalina de la discusión comenzó a disiparse, dando paso a un cansancio extremo y a una nueva y violenta ola de náuseas. Corrí hacia el baño privado de la habitación y me sostuve del inodoro, descargando el estómago mientras las lágrimas de impotencia finalmente rodaban por sus mejillas. Minutos después, me senté en el suelo del baño, apoyando la espalda contra la cerámica fría.
Abrí mi bolso de mano, extraje el sobre con la prueba de embarazo y volví a mirar el resultado positivo. Me llevé una mano temblorosa al vientre, aún plano. ¿Cómo iba a ocultar esto durante dos años enteros bajo el mismo techo que el padre de la criatura?
Si Rocco controlaba cada uno de mis gastos médicos y cuentas, tarde o temprano vería las consultas con el obstetra. Tenía que diseñar un plan de escape urgente antes de que mi cuerpo empezara a delatarme. De repente, un golpe firme y autoritario en la puerta de la habitación me hizo dar un brinco de puro terror.
—¿Verónica? —la voz profunda de Rocco resonó desde el pasillo, filtrándose por debajo de la madera. —. Escuché ruidos extraños desde mi habitación. ¿Te encuentras bien? Abre la puerta. El pánico me paralizó por completo. En mi prisa por correr al baño, había dejado el análisis médico de embarazo desplegado y expuesto sobre la alfombra del dormitorio, justo en medio de la habitación. Si Rocco decidía usar la llave maestra para entrar y me descubría en el baño con los síntomas, sus ojos caerían inevitablemente sobre el papel que revelaba la verdad.
Mi corazón golpeaba contra mis pecho con tanta fuerza que temía que Rocco pudiera escucharlo desde el pasillo. La voz varonil y autoritaria de mi tutor, filtrándose a través de la pesada madera de la puerta, me había dejado completamente congelada en el suelo del baño. Miré hacia la habitación principal y el pánico me paralizó, el sobre blanco con el resultado positivo de mi embarazo brillaba bajo la luz de la lámpara, justo en medio de la alfombra. Si Rocco entraba con la llave maestra, mi vida se acabaría en ese mismo instante.
—¡Verónica! Abre la puerta ahora mismo o voy a entrar —insistió Rocco, haciendo girar el picaporte con impaciencia. El sonido del metal resonó como una sentencia.
—¡No entres! —grité, forzando una voz cargada de fastidio para ocultar el temblor de mi mandíbula—. ¡Me estoy cambiando de ropa, pervertido! ¿Es que tampoco tengo derecho a la privacidad en esta casa?
—Escuché arcadas, Verónica. No me mientas —respondió él, y su tono bajó a un registro más denso, casi sospechoso—. No me obligues a usar la llave, tienes tres segundos. Me puse en pie de un salto, ignorando el mareo que volvió a nublarle la vista.
Salí del baño a toda prisa, me deslice por la alfombra y me lancé de rodillas para recoger el papel médico. Escuché el tintineo de las llaves del otro lado de la puerta. Con el pulso a mil, doble el documento en cuatro partes y, sin pensar en un lugar mejor, lo metí de golpe debajo del colchón de la enorme cama matrimonial, justo a tiempo.
La puerta se abrió de par en par con un golpe seco. Rocco entró al dormitorio con la arrogancia de quien se sabe dueño de cada rincón. Ya no llevaba la corbata y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, exponiendo la base de su cuello. Su mirada oscura barrió la habitación con una rapidez clínica, analizando las maletas a medio abrir antes de clavar sus ojos implacables en mí. Yo seguía de rodillas junto a la cama, respirando con dificultad y con el rostro inusualmente pálido.
—¿Qué estás haciendo en el suelo? —preguntó Rocco, dando dos pasos firmes hacia mi. Su imponente presencia de casi un metro noventa pareció encoger las paredes del lugar.
Me levanté lentamente, apoyando una mano en el colchón para no perder el equilibrio. Me obligue a clavarle una mirada llena de desprecio y altanería, la única armadura que me quedaba para defenderme de él.
—Se me cayó un arete, Altamirano. ¿También vas a confiscar mis joyas o vas a empezar a acosarme a mitad de la noche? —le respondí, cruzándome de brazos para evitar que él notara el temblor de mis manos. Rocco me observó detalladamente, sin creerme una sola palabra. Se acercó tanto que pude percibir claramente el aroma a sándalo, tabaco de lujo y el toque amargo del whisky que había estado tomando en el estudio.
Esa combinación de olores activó un recuerdo sensorial tan vívido en mi mente que mi estómago protestó de inmediato. Me llevé una mano a la boca, tragándome una nueva oleada de náuseas. Los ojos de Rocco se entrecerraron, fijos en mi rostro pálido y en las ligeras gotas de sudor frío que brillaban en mi frente.
—Estás enferma —afirmó él, y por un segundo, su fría fachada pareció agrietarse, dejando ver una extraña y profunda nota de preocupación—. Tienes la piel de un muerto. Voy a llamar al médico de la familia para que venga a revisarte ahora mismo. No voy a permitir que te pase algo bajo mi cuidado.
—¡No! —le grité fuerte y demasiado rápido, además de evidentemente desesperada. Al ver la chispa de sospecha que se encendió en los ojos de Rocco, intenté corregir el tono de inmediato—. No necesito a ningún médico tuyo. Es solo... el estrés. Llevo una semana organizando el funeral de mi padre, aguantando a los buitres de la junta directiva y, por si fuera poco, hoy me entero de que un tirano arrogante va a controlar mi vida por dos años. Tengo migraña y el estómago revuelto por la rabia. Eso es todo, Rocco guardó silencio, estudiándome como si fuera un contrato corporativo lleno de cláusulas ocultas.
Dio un paso más, rompiendo por completo mi espacio personal. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. La tensión entre ambos era tan densa que el aire parecía faltar en la habitación. El recuerdo de la noche de la mascarada, de esos mismos ojos fijos en mí en la penumbra de la suite de los viñedos, me golpeó con fuerza.
—Si descubro que estás metida en algo raro, Verónica... si estás consumiendo alguna sustancia de tus noches de fiesta clandestina, te juro que la pasaras muy mal —advirtió él, con una voz baja y peligrosa que pretendía infundirme miedo, pero que escondía un deseo posesivo que él mismo se negaba a admitir.
—No me metas en tus mundos oscuros, Rocco. Yo no me meto nada —le respondí, sosteniendo la barbilla en alto—. Ahora, sal de mi habitación. Cumplí tu toque de queda, ya firmé tus estúpidas reglas. Déjame dormir, Rocco me miró fijamente por un largo par de segundos, midiendo sus fuerzas. Finalmente, dió un paso atrás, rompiendo la asfixiante cercanía.
—Mañana a las ocho de la mañana te quiero en el comedor para el desayuno. Si no estás abajo a esa hora, vendré yo mismo a sacarte de la cama. Que descanses. El magnate se giró y avanzó hacia la salida. Solté un suspiro contenido, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo. Pero la tregua duró apenas un instante, justo antes de cruzar el umbral, Rocco se detuvo en seco. Su mirada se desvió hacia el suelo, cerca de las sábanas que colgaban ligeramente a un costado de la cama. Con las prisas y los nervios del momento, había empujado el sobre con demasiada fuerza, provocando que una de las esquinas del papel doblado sobresaliera de manera evidente por debajo del colchón.
El logotipo azul brillante del laboratorio médico más exclusivo de la ciudad contrastaba perfectamente contra la alfombra oscura. Rocco fijó sus ojos oscuros en el trozo de papel. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. El pánico absoluto me dejó completamente inmóvil, incapaz de reaccionar o de inventar una nueva mentira.
—¿Qué es eso? —preguntó Rocco, girándose lentamente hacia mí mientras estiraba su mano para inclinarse hacia el borde del colchón.







