El eco del estruendo metálico continuaba vibrando en las paredes de mi pecho mientras el silencio regresaba, pesado y ponzoñoso, al piso inferior. Me quedé inmóvil en mitad del estudio de Rocco, con las manos apretadas contra la madera de las puertas francesas. Si él había caído en ese vestíbulo, la jaula de oro se convertiría en mi tumba definitiva.
El pánico por la vida del hombre que estaba abajo, mezclado con el instinto animal de proteger el secreto de mi vientre de seis semanas, me sacó d