El sonido fue casi imperceptible para un oído común. Una nota discordante que rasgó el compás rítmico de la tormenta que azotaba los ventanales de la mansión. Fue el crujido seco, agudo y definitivo de un cristal cediendo ante una presión calculada en el piso inferior.
En el ala oeste de la propiedad. Me incorporé en la cama de golpe, el pulso me martilleó el pecho con una violencia ensordecedora. La respiración se me congeló en la garganta. Llevé una mano temblorosa hacia mi vientre de manera