Un año después, Arturo Alejandro ya caminaba con más seguridad, aunque todavía pedía que lo cargaran cuando se cansaba. Había aprendido a decir "viñedos", "uvas" y "abuelo", y preguntaba por él a cada momento, como si pudiera sentirlo en el aire.
La tarde que volvimos a los viñedos, el sol se ponía dorado sobre las colinas. Arturo Alejandro corría entre las vides, con su camión de madera, deteniéndose para tocar cada hoja, cada racimo.
—¡Mamá! —gritó, señalando una planta—. ¡Mira! ¡Hay una mari