Las puertas automáticas se cerraron detrás de nosotros y, de golpe, el mundo se redujo a una sucesión de manos desconocidas, luces demasiado blancas y voces que hacían preguntas rápidas —nombre completo, fecha probable de parto, alergias— que apenas lograba responder entre una contracción y otra. Una enfermera tomó el control de la silla de ruedas con una eficiencia que no dejaba espacio para la duda, y por un instante, mientras me alejaban hacia un pasillo, sentí que la mano de Rocco se soltab