El aire en el jardín aún vibraba con la tensión del momento. El anillo seguía brillando en la mano de Alessandro, como una promesa que Alessia no deseaba cumplir.Ella levantó la mirada hacia Alessandro y, con la voz firme, dijo:—Levántate. Antes de aceptar cualquier cosa, tenemos que hablar.Sofía, desconcertada por el tono de su hija, miró alternativamente a uno y a otro.—¿Pasa algo, hija mia? —preguntó, preocupada.Alessia se acercó y le tomó la mano con suavidad.—No es nada malo, mamá. Solo necesito hablar unas cosas con mi… novio.La palabra “novio” le supo amarga, pero la pronunció con la naturalidad de una actriz.Alessandro se puso de pie lentamente. En su rostro había una molestia contenida, pero su voz se mantuvo templada.—Por supuesto querida—dijo con calma forzada—. Podemos hablar en privado.Sin más, le indicó el camino al despacho. Sus pasos resonaban en el mármol como golpes de martillo. Alessia lo siguió sin decir palabra, sabiendo que cada paso la acercaba más a u
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