DECISIÓN DIFÍCIL

Vittorio Bellini permanecía de pie frente a la ventana de su despacho, observando la lluvia que golpeaba el vidrio. La luz de la tarde se filtraba entre las nubes grises, dibujando sombras sobre el mármol gastado del piso. Su mente no dejaba de dar vueltas a la carpeta que había visto horas antes en manos de Alessandro Moretti. Cada número, cada firma, era un recordatorio de que el tiempo estaba en su contra.

El sonido de ruedas sobre el suelo interrumpió sus pensamientos. La enfermera de su esposa apareció empujando la silla de ruedas de la mujer, quien lucía pálida y débil, cubierta con un chal de lana. Vittorio se acercó de inmediato, intentando esbozar una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Cómo te sientes hoy, mi amor? —preguntó con cuidado, tomando la mano de su esposa para apoyarla.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y reproche.

—Esa pregunta debería hacértela yo a ti. Te veo pálido… preocupado. —Su voz era suave, pero directa, y Vittorio sintió un nudo en el pecho.

—Son cosas de negocios —respondió él con un ademán evasivo, apartando la mano de la mujer.

Ella no dejó de mirarlo. Su mirada parecía atravesarlo, haciendo que cada mentira se sintiera evidente. Sus ojos recorrieron la maleta apoyada junto al escritorio.

—¿Te vas de viaje otra vez? —preguntó con calma, pero con curiosidad evidente.

—Era un viaje de negocios… pero lo cancelaron a última hora—dijo Vittorio, intentando mantener la compostura.

—¿De qué negocios hablas? —insistió ella— Hace mucho tiempo que estamos en la quiebra.

Vittorio respiró profundo. Sus manos se cerraron en puños durante un instante.

—Basta de preguntas tontas, mujer—respondió con un hilo de voz cargado de frustración, usando la cadencia italiana de siempre, fuerte, directa.

Ella lo observó en silencio, y un escalofrío recorrió su espalda. La tensión que emanaba su esposo era diferente hoy, más pesada que nunca.

Entonces, cambió de tema, intentando ser pragmática:

—¿Sabes dónde está Alessia?

Vittorio titubeó por un segundo.

—Recién llegó de la universidad. Está en su habitación. —Su voz sonaba apresurada.

Sin perder un instante, Vittorio salio del despacho sin siquiera despedirse de su esposa y se dirigió hacia la habitación de su hija. Cada paso era pesado, como si sus propios miedos lo arrastraran. Tocó la puerta suavemente, la respuesta fue inmediata.

La puerta se abrió y Alessia apareció, su cabello oscuro cayendo en ondas sobre los hombros, los ojos miel brillando con curiosidad. La piel blanca resplandecía bajo la luz del pasillo.

—Papá —dijo Alessia, y sin esperar respuesta se lanzó a sus brazos. Vittorio la sostuvo con fuerza, sintiendo por un instante la calma que solo su hija podía darle.

—Toma asiento por favor —le indicó luego, señalando la silla frente al escritorio. La voz de Vittorio tenía un tono extraño, mezcla de urgencia y gravedad. Alessia obedeció, intrigada por el cambio de comportamiento de su padre.

—Tenemos que hablar sobre algo importante—comenzó él, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos—. Hay un hombre interesado en ti.

Alessia se levantó de inmediato, una ceja arqueada, la incredulidad evidente en su mirada.

—Papá… no estoy buscando novio.

Vittorio le pidió con un gesto que se calmara, y con la voz más firme le dijo:

—Solo escuchame por favor.

Respirando hondo, comenzó a explicarle la situación.

—Los negocios… y los manejos de dinero… no salieron como esperaba. Tengo muchas deudas, pero la más grande que tenemos ahora es con Alessandro Moretti.

Alessia frunció el ceño, el tono de su voz subió un poco:

—¿Cómo se te ocurrió pedir dinero prestado a alguien así? Todos saben quién es Alessandro Moretti… dicen que es un mafioso, que incluso puede ser un asesino.

Vittorio bajó la mirada, consciente de la gravedad de sus acciones.

—Tienes razón, Alessia. Pero todo lo hice para intentar sacar esta familia adelante. Lastimosamente los negocios… fracasaron.

—Entonces vendan todo lo que tienen —propuso ella, la voz firme—. Vendan lo que sea necesario para cubrir la deuda.

Vittorio negó con un gesto lento, cansado.

—No puedo. Tu madre… está muy enferma. No quiero que vea a su familia destruida. Y a mi como un fracasado.

Alessia respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Entonces… ¿qué propones, papá?

Vittorio permaneció en silencio por un momento.

—No se me ocurre ninguna solución, venderé la propiedad que tenemos en el norte, pero con eso no cubrimos ni la tercera parte de la deuda… —susurró—. Pero Alessandro ha hecho una propuesta.

Alessia lo miró, esperando pacientemente mientras su padre meditaba sus palabras. La tensión llenaba la habitación como un humo invisible.

—Él quiere casarse contigo —dijo Vittorio finalmente, con un hilo de voz cargado de gravedad.

El enojo de Alessia fue inmediato. Caminó de un lado a otro, como un león enjaulado, repitiendo:

—No… no me casaré con alguien que no quiero… ¡no!

Vittorio intentó acercarse, colocando una mano sobre su brazo.

—Calmate Alessia… —pidió, pero ella lo apartó con un gesto brusco, mientras su enojo iba aumentando.

—Tiene que haber otra solución —insistió ella, los ojos brillando de rabia y frustración—. No puedo… no quiero casarme con él.

Vittorio suspiró, agotado, sintiendo el peso de la decisión.

—Lamentablemente hija, no hay otra —dijo finalmente, cada palabra cargada de resignación y dolor—. Es la única forma de protegernos… de mantenernos a salvo. Porque sino lo haces, él es capaz no solo de acabar conmigo sino con todos nosotros.

Alessia lo miró, con los labios temblando, la mente girando a mil por hora. La idea de casarse con un hombre que no conocía, con un hombre que inspiraba miedo incluso a su padre, era insoportable.

—¡No! —gritó finalmente, la voz resonando por toda la habitación—. ¡No lo haré!

En un acto de desesperación, corrió hacia la puerta y la cerró de golpe, dejando a Vittorio afuera. Su corazón latía con fuerza, mezclando miedo, frustración y una sensación de traición que no podía controlar.

El padre permaneció unos segundos en la puerta, escuchando el llanto de su hija. Cada sollozo era un recordatorio de que sus malas decisiones habían impuesto un precio demasiado alto, pero necesario. Sabía que no podía dar marcha atrás.

Alessia, sentada en la cama, respiraba con dificultad. La habitación parecía encogerse a su alrededor, las paredes absorbiendo cada pensamiento y cada emoción. Cada escenario en su mente terminaba en el mismo punto: si no aceptaba, su familia estaba en peligro. Si lo hacía, estaría perdida, de cierta manera… muerta en vida.

Se recostó, apoyando la cabeza en las almohadas, intentando calmarse. Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de organizar los pensamientos. Cada decisión parecía encadenada a otra, y ninguna le ofrecía libertad.

La lluvia continuaba golpeando la ventana, cada gota recordándole que el tiempo se agotaba. Alessia entendió que la elección era cruel: su voluntad frente a la supervivencia de su familia.

Finalmente, abrió los ojos y se quedó mirando el techo.

—Debo hacerlo—susurró para sí misma—. Lo haré… aunque muera cada día por dentro.

El silencio de la habitación fue absoluto. Solo el eco de su respiración y el tic tac del reloj rompían la calma. Alessia sabía que la vida que había tenido hasta ahora desaparecía en el instante que se casará con Alessandro Moretti, todo sería reemplazado por un destino que no había elegido.

Pero también comprendió algo más: si debía sacrificarse para salvar a los que amaba, lo haría. La resistencia no era una opción, no esta vez. Y mientras la tormenta afuera golpeaba con fuerza, Alessia Bellini aceptó que su vida jamás volvería a ser la misma.

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