Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl aire en el jardín aún vibraba con la tensión del momento. El anillo seguía brillando en la mano de Alessandro, como una promesa que Alessia no deseaba cumplir.
Ella levantó la mirada hacia Alessandro y, con la voz firme, dijo: —Levántate. Antes de aceptar cualquier cosa, tenemos que hablar. Sofía, desconcertada por el tono de su hija, miró alternativamente a uno y a otro. —¿Pasa algo, hija mia? —preguntó, preocupada. Alessia se acercó y le tomó la mano con suavidad. —No es nada malo, mamá. Solo necesito hablar unas cosas con mi… novio. La palabra “novio” le supo amarga, pero la pronunció con la naturalidad de una actriz. Alessandro se puso de pie lentamente. En su rostro había una molestia contenida, pero su voz se mantuvo templada. —Por supuesto querida—dijo con calma forzada—. Podemos hablar en privado. Sin más, le indicó el camino al despacho. Sus pasos resonaban en el mármol como golpes de martillo. Alessia lo siguió sin decir palabra, sabiendo que cada paso la acercaba más a un abismo que no podía evitar. El despacho era amplio, decorado con estanterías de madera oscura y una ventana que daba al jardín. Alessandro esperó a que ella entrara y, apenas lo hizo, cerró la puerta con fuerza. El golpe resonó por toda la habitación. —No me gustan las personas que no hacen lo que yo quiero —dijo, con la voz baja pero cortante. Alessia se giró despacio, sin retroceder. —Si pretendes casarte conmigo, tendrás que acostumbrarte —respondió, mirándolo a los ojos—. No todo se hará conforme a tu voluntad. Alessandro respiró hondo, intentando controlar su molestia. Se acercó al escritorio, se sentó con elegancia y entrelazó los dedos sobre la superficie de madera. —De acuerdo —dijo finalmente—. ¿De qué quieres hablar? Alessia se acomodó en la silla frente a él. —Primero, quiero dejar algo claro: mi madre nunca puede enterarse de este trato. Alessandro asintió sin dudar. —Te lo prometo —respondió con firmeza—. Tienes mi palabra de que nunca sabrá la verdad, por lo menos no por mí. Ella sintió un leve alivio, pero continuó: —Y segundo… quiero que ayudes a mi padre con sus otras deudas. Él levantó una ceja, y una sonrisa irónica cruzó su rostro. —Eso es mucho pedir, señorita Bellini. Tu padre me debe una fortuna. Y no pienso darle un centavo más. —¿Cuánto es exactamente lo que te debe? —preguntó ella, con un tono tan sereno que lo desconcertó. Alessandro abrió un cajón del escritorio, sacó una carpeta y la deslizó hacia ella. —Ahí tienes las cifras —dijo con frialdad—. Pagarés firmados por Vittorio Bellini. Estas son copias, claro. Los originales están bien guardados. Alessia tomó la carpeta y comenzó a revisar los documentos. Sus ojos pasaban de una cifra a otra, cada número más alto que el anterior. Alessandro la observaba, intrigado. No era común ver a una mujer enfrentarse a él sin miedo. —Veo que lo estudias con atención —comentó—. No eres tan ingenua como pareces. Alessia levantó la vista y cerró la carpeta con calma. —Tienes razón —admitió—. Es mucho más de lo que imaginaba. Guardó silencio un instante antes de continuar: —Entonces… si no puedes ayudarlo, al menos cumple una petición mía. —Depende —replicó él, con un brillo de curiosidad en los ojos—. ¿Qué quieres? —Mi madre está enferma de cáncer. El tratamiento es costoso y quiero que tenga una vida digna, por lo menos, el poco tiempo que le queda. Por primera vez, Alessandro no respondió de inmediato. La miró con atención, como si analizara algo más allá de sus palabras. Luego se reclinó en la silla. —Eso sí puedo hacerlo —dijo al fin—. Pero con una condición. —¿Cuál? —preguntó ella. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre el escritorio. —Te casarás conmigo en una semana. —¿Una semana? —repitió Alessia, incrédula—. ¡Eso es demasiado pronto! Alessandro golpeó el escritorio con la palma abierta, sin gritar, pero con una fuerza que hizo eco en las paredes. —No estás en posición de poner condiciones. Si de verdad quieres ayudar a tu madre, aprenderás a ceder. Ella lo miró, ofendida, pero no respondió. Alessandro se levantó y caminó lentamente hasta quedar frente a ella. Su presencia era tan imponente que llenaba el aire. —Necesito una esposa con clase, apellido y belleza —dijo, con tono calculado—. Tú cumples con todo, pero no te confundas, Alessia. Eso puedo conseguirlo en cualquier otra mujer. Ella lo miró sin pestañear. —Entonces busca otra. Intentó levantarse, pero él levantó una mano, bloqueando el paso. —Podría hacerlo —dijo con voz baja—. Pero si lo hiciera, tu padre pagaría el precio. ¿Eso quieres? Esa frase cayó como una piedra en el pecho de Alessia. No necesitaba más explicaciones. Sabía que no se trataba de una amenaza directa, pero el mensaje era claro. Ella permanecía sentada, respirando con dificultad. Por primera vez, sintió que estaba atrapada en una partida donde cada movimiento era peligroso. Alessandro notó enseguida su cambio de expresión. Su tono, en cambio, se suavizó. —No es tan terrible, Alessia —dijo caminando hacia la ventana—. Cumples con tu parte, y yo cumpliré la mía. Tu madre tendrá el mejor tratamiento posible. —¿Y si digo que no? —preguntó ella. Él giró lentamente hacia ella. —No lo dirás —respondió con absoluta seguridad—. No eres el tipo de hija que preferiría ver muertos a sus padres, solo por ella no sacrificarse un poco. Hubo un largo silencio. El reloj de pared marcó unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, Alessia se levantó y lo miró con los ojos humedecidos, pero firmes. —Está bien señor Moretti—susurró—. Me casaré contigo. Cuando tú digas. Alessandro asintió, acercándose despacio. —Entonces iremos a darle la buena noticia a tus padres. Él le tocó los hombros apenas, un gesto más de dominio que de ternura. Alessia respiró profundo antes de abrir la puerta. El jardín los recibió con el mismo sol de la tarde anterior. Sofía, al verlos llegar, sonrió. —¿Todo está bien, amore? —Sí, mamá —respondió Alessia, con una calma ensayada—. Ya hemos solucionado todo. Alessandro intervino de inmediato: —Alessia ha aceptado casarse conmigo. Sacó el estuche negro del bolsillo y lo abrió con lentitud. El anillo brilló bajo la luz del sol. Alessia lo observó con una mezcla de tristeza y resignación. Finalmente, extendió la mano con una sonrisa tenue. —Felicidades, mis amores —dijo Sofía emocionada. Vittorio, en cambio, permanecía serio, la sonrisa tensa y forzada. Alessandro deslizó el anillo en el dedo de Alessia. Su gesto fue impecable, pero sus ojos decían otra cosa: había fuego y control en esa mirada. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Alessia seguía de pie junto a Alessandro, sin darse cuenta él la tomo por la cintura y la besó, fue un beso frío, ella permanecía con los ojos abiertos, aún sin procesar lo que estaba pasando, sus labios no se movían, en cambio los de Alessandro parecían querer devorarla. Él alejó sus labios, pero aún sin soltarla, la veía con desconcierto y hasta con molestia. Luego Alessandro se fue a sentar y habló: —Traigan champán. Una empleada apareció enseguida con las copas. Alessandro tomó la botella y la sirvió él mismo, sin permitir que nadie más interviniera. Sofía, con una sonrisa, preguntó: —¿Han pensado cuándo será la boda? —En una semana —respondió Alessia, casi sin voz. —¿En una semana? —repitió Sofía, sorprendida—. ¡Pero eso es muy poco tiempo para todo lo que hay que organizar! —Ya es una decisión tomada señora—dijo Alessandro con serenidad. —¿Acaso estás embarazada, tesoro? —preguntó Sofía, entre curiosa y preocupada. Alessandro soltó una leve risa. —No, señora Bellini. Yo le puedo jurar que no he tocado ni un cabello de su hija. Sofía lo miró confundida, sin entender del todo. Alessia intervino con suavidad: —Estamos muy enamorados, mamá. No queremos esperar más para estar juntos. Su madre asintió lentamente, aunque la duda seguía en su mirada. Vittorio bebió de su copa en silencio, evitando la mirada de su hija. Alessandro levantó su copa. —Por nuestro futuro —dijo, mirando directamente a Alessia—. Y por la felicidad de mi futura esposa. Todos brindaron. El sonido del cristal llenó el aire, claro y frágil. Alessia alzó su copa con lentitud, chocando suavemente con la de él. Durante un instante, se miraron sin decir palabra. La sonrisa en el rostro de Alessandro era enigmática. En los ojos de Alessia, en cambio, había una tormenta que él no logró descifrar. Y mientras las copas se entrechocaban una vez más, ninguno de los dos imaginaba que ese brindis marcaría el inicio del juego más peligroso de sus vidas.






