EL ENGAÑO PERFECTO

La noche había sido larga. Alessia se levantó de su cama y abrió la puerta de su habitación.

Su padre seguía de pie en el pasillo, con la mirada cansada y los ojos rojos.

—Papá —dijo ella, firme, sin temblor en la voz—. Ya puedes respirar tranquilo. Me casaré.

Vittorio parpadeó, como si no entendiera lo que acababa de escuchar.

—Alessia… —empezó, pero ella lo interrumpió.

—Tal como querías. Haré lo que sea necesario para que todo esté bien.

El hombre dio un paso hacia ella, con la voz quebrada.

—Hija mia, yo no quería esto. Créeme. Pero no había otra manera.

Las lágrimas se acumularon en los ojos de Alessia, pero no cayeron.

—Sacrificaré mi vida por ustedes —susurró, bajando la cabeza.

—No digas eso —replicó él enseguida—. Alessandro quizá no es tan malo como la gente dice.

Ella levantó la mirada, indignada.

—¿No es tan malo? ¿Un hombre que usa las amenazas para conseguir lo que quiere? Papá, una persona que amenaza a otros con quitarles la vida no puede ser bueno.

Vittorio no respondió. El silencio entre ellos se volvió insoportable.

Alessia respiró hondo, obligándose a mantener la calma.

—Quiero conocerlo —dijo al fin—. Si voy a casarme con él, quiero verlo a la cara antes de la transacción. Quiero hablar con él y negociar mis propios términos.

El padre la miró, sorprendido.

—¿Negociar?

—Sí. Si este trato se hace, será con mi voz, no con la de nadie más. No quiero intermediarios.

Vittorio asintió, rindiéndose ante la determinación de su hija.

—Intentare que Alessandro acepte verte.

—Hazlo —dijo Alessia, y se dio la vuelta.

Cerró la puerta con suavidad y se dejó caer sobre la cama.

El cansancio la envolvió, pero no el sueño. Solo cuando las lágrimas se agotaron y su cuerpo cedió al peso del día, se quedó dormida.

El sonido de la puerta la despertó al amanecer. Ella se levantó aún soñolienta, y abrió la puerta.

—Alessia, termina de despertar—la voz de su padre era apurada pero suave— tenemos un almuerzo con Alessandro. Él quiere recibirnos en su casa. No quiso venía hasta acá.

Ella se frotó los ojos, todavía aturdida.

—Perfecto —murmuró con ironía—. Así conozco de una vez la casa que será mi infierno.

—No hables así por favor —pidió Vittorio, con un suspiro.

Ella lo miró en silencio, los ojos entrecerrados.

—¿Eso era todo? Porque si no hay nada más que decir, puedes retirarte.

Vittorio vaciló.

—Hay algo más.

—Aparte de cambiarme por tus deudas, ¿Que más se te ofrece padre? —replicó ella, amarga.

El padre se acercó despacio.

—Tu madre… no puede saber la verdad. Para ella, esto será un matrimonio por amor. No podría soportarlo de otra manera.

La dureza en el rostro de Alessia se ablandó por un instante.

—Nunca le haría daño, papá. No te preocupes, por mí ella nunca se va a enterar de nada.

—Gracias, hija mía —susurró él, y salió de la habitación.

A las doce, Alessia estaba lista.

El vestido de encaje negro se ceñía a su figura con elegancia. Los tacones, altos y sobrios, hacían que su andar pareciera el de una reina y no el de una prisionera.

Esperó en el recibidor. Cuando sus padres aparecieron, su madre, Sofía, lucía hermosa a pesar de la enfermedad: un vestido beige, el cabello recogido y una sonrisa que intentaba mantener viva la normalidad.

—¿Lista, tesoro? —preguntó ella con dulzura.

—Lista —respondió Alessia, sin emoción.

El auto los esperaba frente a la mansión. Vittorio ayudó a su esposa a sentarse, mientras el chófer guardaba la silla de ruedas en el maletero. Luego subió junto a ellas.

El trayecto fue silencioso, hasta que la voz de Sofía rompió el aire.

—No entiendo, Alessia. Nunca me hablaste de tu novio.

Alessia se quedó quieta.

Miró por la ventana, con los dedos entrelazados sobre su regazo.

—No te lo dije porque… no era nada formal, mamá. No quería apresurar las cosas.

Sofía asintió, aunque su mirada reflejaba duda.

Vittorio fingió revisar el reloj. Nadie volvió a hablar.

El coche se detuvo frente a las rejas de hierro que marcaban la entrada de la propiedad Moretti.

Dos hombres vestidos de negro los observaban. Cuando el conductor se identificó, el portón se abrió lentamente.

La mansión se alzaba imponente al final del camino de piedra: tres pisos, balcones de hierro, ventanales de vidrio oscuro y columnas blancas. Jardines perfectamente recortados flanqueaban la entrada, con fuentes que parecían esculpidas en mármol antiguo.

—Dio mio… —susurró Sofía—. Qué lugar tan enorme.

—Alessandro tiene mucho dinero —respondió Vittorio con una sonrisa tensa.

El auto se detuvo frente a la escalinata principal.

Alessandro Moretti los esperaba.

Traje negro impecable, cabello perfectamente peinado, mirada que imponía respeto sin esfuerzo.

Cuando el conductor abrió la puerta, Alessandro se adelantó y extendió la mano hacia Alessia.

—Señorita Bellini.

Ella bajó del auto sin tomar su mano.

Él mantuvo el gesto unos segundos antes de retirarlo con una media sonrisa.

—Veo que la cortesía no es su punto fuerte —comentó, sin perder el tono educado.

Ella sostuvo su mirada.

—No suelo fingir educación con extraños.

Alessandro soltó una breve risa, más por interés que por diversión.

Luego se dirigió a los padres.

—Señor Bellini, señora Bellini. Es un placer recibirlos en mi casa.

—El placer es nuestro —respondió Vittorio, mientras ayudaba a su esposa a salir del auto.

—Por favor, pasen —dijo Alessandro, haciendo un gesto hacia la entrada.

El interior de la mansión era aún más impresionante.

Un amplio vestíbulo de mármol blanco, escaleras dobles, lámparas de cristal y cuadros de paisajes italianos colgando en las paredes.

El aire olía a madera pulida y vino caro.

Alessia caminó un poco más despacio, observando los detalles, hasta detenerse frente a un retrato de un hombre de mirada severa.

—Mi abuelo —dijo Alessandro detrás de ella. Su voz grave resonó cerca, tan cerca que pudo sentir su respiración rozarle el cuello.

Alessia se giró bruscamente.

—¿Qué quiere?

Él se inclinó levemente hacia ella.

—Tu padre me pidió que cuidara las apariencias. Tu madre no sabe nada del acuerdo, ¿verdad?

Ella lo interrumpió.

—¿Te refieres a la transacción? Porque eso es lo que es este matrimonio para mí.

Alessandro sonrió, ladeando la cabeza.

—Llámalo como quieras. Pero si no quieres que tu madre lo descubra, tendrás que actuar como la novia más enamorada del mundo.

—Tengo condiciones —dijo Alessia, desafiante.

Él arqueó una ceja.

—Yo soy el único que pone condiciones, señorita Bellini. Pero estoy dispuesto a escuchar las suyas… a solas.

Ella exhaló, mirando hacia sus padres. Luego asintió.

Alessandro le ofreció el brazo.

—¿Confías en mí? —preguntó, con esa media sonrisa que era mitad provocación, mitad advertencia.

—No —respondió ella, colocándose a su lado—, pero igual te seguiré.

Caminaron juntos hasta el recibidor donde Sofía los esperaba.

Al verlos llegar, su madre sonrió.

—Forman una pareja hermosa. Espero que estén realmente enamorados.

Alessia se sentó en el sofá junto a Alessandro, tomó aire y, mirando a su madre, dijo:

—El amor es lo que más hay en esta relación, mamá ¿Cierto, amor?

Alessandro giró hacia ella, sorprendido por la ironía.

—Cierto —respondió al fin, sonriendo con una elegancia que engañaba incluso a los ojos más atentos—. Completamente cierto.

Una mujer del personal entró y se inclinó hacia Alessandro.

—La mesa está lista, señor.

Él se levantó y extendió la mano hacia Alessia.

—Por favor —dijo, mirando también a sus futuros suegros—. Acompáñenme.

Sofía y Vittorio avanzaron primero.

Cuando quedaron unos pasos atrás, Alessandro murmuró sin dejar de sonreír:

—Eres una excelente actriz.

Alessia levantó la barbilla.

—Ni te imaginas de lo que soy capaz.

Lo soltó y caminó hacia el comedor.

El almuerzo se sirvió en una sala amplia, con ventanales que daban al jardín.

La mesa estaba adornada con flores blancas y copas de cristal.

Hablaron de negocios, de viajes, y de la supuesta relación.

Sofía se veía feliz, Vittorio fingía serenidad, y Alessia sonreía solo lo justo para mantener la farsa.

Cuando el café fue servido, Alessandro se levantó.

—¿Les parece si tomamos un poco de aire en el jardín?

El grupo salió por una puerta lateral. El sol caía oblicuo sobre el césped.

Las fuentes brillaban bajo la luz y un leve viento movía los rosales.

De pronto, Alessandro se detuvo.

Miró a Alessia y, para sorpresa de todos, se inclinó sobre una rodilla.

En su mano, un pequeño estuche negro.

—Alessia Bellini —dijo con voz firme—, ¿aceptas convertirte en mi esposa?

El mundo pareció detenerse.

Vittorio apretó la mano de su esposa, que sonreía emocionada.

Alessia, en cambio, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

No esperaba un gesto tan público. Ni tan simbólico.

El aire se volvió espeso, su respiración lenta.

El anillo brillaba entre los dedos de Alessandro, reflejando el sol como una promesa imposible.

Ella lo miró a los ojos, intentando descifrar si había algo real detrás de esa máscara de control.

Y por un instante, creyó ver algo: curiosidad… o quizá un reto.

No respondió.

Solo lo observó en silencio, mientras todos esperaban.

Y en ese momento, Alessandro Moretti comprendió que la mujer frente a él no sería una esposa dócil.

Sería su desafío más peligroso.

El viento sopló, haciendo bailar las flores del jardín.

Y el silencio de Alessia se volvió la respuesta más contundente de todas.

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