C54: El castigo más cruel.
Azucena permaneció unos instantes inmóvil, con el cuerpo todavía estremecido por lo que acababa de suceder. Tenía los labios entreabiertos, su pecho subía y descendía con respiraciones agitadas, su piel estaba encendida y la intimidad humedecida, como si aún ardiera en un fuego que no encontraba salida.
El deseo seguía recorriéndole cada fibra, vibrando en ella, aunque no había llegado a consumarse nada. Estaba aturdida, como perdida entre la sorpresa y la necesidad. Por tanto, no respondió de