De pronto, el sonido de un leve crujido llamó la atención de Askeladd. Giró la cabeza hacia atrás y, con un reflejo instintivo, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Azucena estaba allí, sobre una escalera, estirando el brazo para alcanzar los libros que se encontraban en la parte superior de los estantes. La imagen de ella allí arriba, delicadamente equilibrada, lo sorprendió y una punzada de preocupación lo recorrió.
—¡Loba Roja! —exclamó, poniéndose de pie con rapidez—. ¿Qué estás hacie